Capítulo 34 – El Piso del Senado Ensangrentado
Parte 1
El Teatro del Procedimiento
Buenos Aires, Piso del Senado, Primavera de 1935
Después de que Agustín Pedro Justo fuese oficialmente electo presidente, las secuelas de la contienda electoral entre la facción de la Concordancia —compuesta por radicales, algunos conservadores y socialistas independientes— y el Partido Demócrata Progresista, culminaron en una teatralidad política constante.
Justo enfrentaba un verdadero nudo económico. Mientras intentaba desenredar el estado fallido y su situación precaria, impulsó reformas e iniciativas cuestionables. Mientras la Concordancia predicaba un optimismo frágil negociando escasez, los agricultores de los campos dorados comenzaron a resentir la caída abrupta de los precios de sus productos. Acusaban al gobierno de arrodillarse ante potencias extranjeras y servir intereses británicos.
Los enfrentamientos verbales en el Senado parecían una competencia para ver quién enrojecía primero, quién gritaba más fuerte sin importar cuán beligerantes fueran sus discursos. Aquello parecía un bucle othelliano, un teatro medieval esperando que la cantante más corpulenta entonara la obertura final.
En 1933, un año después de asumir la presidencia, Arturo Jauretche participó en un fallido levantamiento contra el régimen en Paso de los Libres, Corrientes, liderado por los coroneles Francisco Bosch y Gregorio Pomar. Fue capturado. Antes de eso, ya había combatido contra Justo y Uriburu en el golpe del 6 de septiembre de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen.
Justo sabía que tenía enemigos. Podía gobernar con puño de hierro y ser temido, o liderar con mano suave y arriesgar su caída política. No quería parecer débil.
“Es mejor ser temido que amado, si no puedes ser ambos.”
Recordó la frase de Maquiavelo en El Príncipe. Decidió proteger su legado con firmeza.
Ese mismo año, el primero de mayo, su vicepresidente Julio Roca firmó el Tratado Roca-Runciman con Gran Bretaña, afectando gravemente a la industria cárnica. Los productores de la región pampeana quedaron indignados.
Justo defendía el tratado como un acuerdo ganar-ganar: cuota fija en el mercado británico y eliminación de aranceles para exportaciones argentinas. Pero había una cláusula implícita: restricciones comerciales y monetarias para proteger intereses británicos.
La indignación creció entre estancieros, agricultores y clase trabajadora. Las damas de la élite poco se inmutaron, salvo Don Enrique, quien calificó el tratado como un error insensato. Aunque ofrecía oportunidades en transporte, los contratos terminaron en manos de la Corporación de Transportes británica.
La presión culminó en la ratificación del tratado.
Parte 2
El Disparo
23 de julio de 1935 — Piso del Senado
La primavera fue un concurso de gritos. El verano prometía prosperidad, pero el Senado ardía por conflictos pasados.
El espectáculo terminó en uno de los episodios más sangrientos de la Década Infame.
El 23 de julio de 1935, Lisandro de la Torre decidió denunciar el tratado de la carne. Sus investigaciones sobre corrupción entre el gobierno argentino y empresas británicas lo convirtieron en objetivo.
Nombró ministros. Señaló colusión.
Luis Duhau fue uno de los acusados.
—¡Esto es inadmisible! ¿Cómo osa cuestionar mi integridad?—
—¡Sé lo que hizo, Ministro! ¡Es culpable!—
De la Torre intentó agarrarlo por el cuello. Jaló su solapa.
En ese instante, Ramón Valdez Cora desenfundó su Colt calibre .45.
Apuntó. Disparó.
Enzo Bordabehere se lanzó frente a la bala. El proyectil impactó en su pecho. Un segundo disparo atravesó su plexo solar.
—¡¿QUÉ HAS HECHO?!—
El caos estalló. Cora fue detenido. Enzo ya estaba muerto.
La sangre convirtió la madera en un recordatorio carmesí de la violencia política.
Parte 3
El Encubrimiento
Un día siniestro de julio — Buenos Aires
“Fue el 23 de julio de 1935 cuando el estruendo de un disparo llenó el recinto del Senado, derramando sangre como si fuera un río rojo, seguido por los gritos de un hombre fuera de sí.”
Mientras De la Torre continuaba gritando frenéticamente:
—¡¡¿Qué has hecho?!! ¡¡Asesino!! ¡¡Has matado el futuro y lo vas a pagar!!—
El resto del recinto permaneció catatónico. En sus rostros se dibujaba una expresión petrificada de horror. Minutos después del disparo, la onda expansiva del caos recorrió todo el piso del Senado; el olor a pólvora se mezclaba con los alaridos apenas audibles de la multitud, y los cantos acusatorios construían una atmósfera orwelliana, densa, asfixiante.
Los pisos de caoba estaban ahora cubiertos de sangre, mientras los escritorios de roble pulido funcionaban como trincheras improvisadas, como si la batalla por la libertad, el honor, la soberanía y el orgullo nacional hubiera estallado ahí mismo, en ese recinto solemne. Fue el primer golpe real —el puñetazo crudo— de violencia política en una nación que ya estaba fracturada.
El cuerpo de Enzo yacía sobre la madera pulida, hundido en un charco de su propia sangre, que había empapado completamente su ropa. Jadeaba buscando sus últimos alientos de aire, como si intentara escapar de su destino trágico, como si la muerte fuese algo —o alguien— contra quien todavía pudiera luchar y vencer.
Fue cuestión de minutos hasta que Bordabehere perdió esa batalla. Su cuerpo inmóvil quedó tendido en una quietud absoluta, casi cercana a la dicha, cuando el último hálito de vida abandonó su carne ya rígida. Un símbolo de un patriota auténtico que entregó su vida por la señora República del vestido blanco y celeste, ahora teñido de rojo.
De la Torre se arrodilló junto a su colega caído, llorando en una mezcla de tristeza y furia.
—¡¡Vas a pagar por esto!! ¡Yo mismo me encargaré! ¡Es una promesa!!—
Parte 4
La Ley del Nuevo Orden
Buenos Aires — Anochecer, 23 de julio de 1935.
“El disparo que se escuchó desde los puertos hasta los campos amarillos, el vestido blanco y celeste de la señora República está empapado con la sangre de un hombre inocente.”
Las calles habían cambiado su tonalidad para recibir la noche, mientras las luciérnagas atenuaban su brillo en un luto silencioso, y el río carmesí fluía sin tregua mientras los conserjes intentaban limpiar y restregar los pisos de madera.
Los pisos de caoba manchados no olvidarán la brutalidad que sintieron, cómo el recinto colapsó bajo asedio. En los pequeños altavoces del suelo podía escucharse el “Cambalache” de Carlos Gardel.
“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso estafador. Todo es igual, nada es mejor. Lo mismo, un burro, que un gran profesor.”
Es el mismo viejo adagio; no importa si eres de derecha o un traidor. La decencia y el honor han sido saqueados por bandidos bajo la fachada de la democracia.
Mientras los conserjes terminaban de limpiar la sangre del piso del Senado, recogieron sus pertenencias para salir del Palacio del Congreso de la Nación Argentina, en Balvanera, rumbo a los cabarets cercanos al puerto de Buenos Aires.
—¡Qué día! Me vendría bien un trago —dijo uno de los conserjes mientras se retiraban.
—Yo preferiría una mujer; un trago lo puedo conseguir en cualquier momento —respondió el segundo.
Dicen que el chisme viaja rápido, pero las malas noticias viajan aún más deprisa. El asesinato a sangre fría ocupó los titulares en una edición especial vespertina; las estaciones de radio transmitían comunicados cuidadosamente elaborados cada quince minutos, discutiendo la muerte de Enzo y lo que significaba para la nación.
En la provincia de Buenos Aires, en una pequeña región llamada San Isidro, una casa majestuosa fue testigo del nacimiento del intelectualismo femenino, de la creación de una nueva definición de lo que significaba ser mujer. Un prominente refugio para intelectuales bajo la tutela de Victoria Ocampo, Villa Ocampo en Beccar era el lugar al que debías ir si disfrutabas descifrar los misterios de la vida y participar en debates cognitivos que alimentaban el intelecto y la mente.
El tema de la velada era el asesinato a sangre fría de Enzo Bordabehere, su significado y lo que implicaba políticamente para el país. Cómo la Argentina se encontraba en medio de una década infame que había cobrado su primera víctima, y cómo se esperaba que la cifra aumentara mientras el control se estrechaba, como si una soga invisible apretara lentamente sus gargantas.
Victoria Ocampo nació en la opulencia, parte de la codiciada élite argentina, lo que hacía irónico que buscara desmantelar su poder, pues había visto de primera mano su naturaleza corruptora. En 1931 fundó la revista literaria Sur; para 1933 ya tenía su propia editorial, donde controlaba lo que se publicaba para evitar la censura.
Editorial Sur fue el espacio donde se publicaron escritores como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares y otras voces provenientes de Europa y Norteamérica.
Victoria se movía entre la crème de la crème, pero también tenía afinidad por lo coloquial y lo popular. Se vestía con ropa sencilla, luego salía a divertirse con los locales en la escena del cabaret, hacía amistad con las ordeñadoras de leche y seducía a algunos compadritos mientras bailaba con los malevos más temidos.
Parte 5
El Dogma de la Envidia
“Cuando la envidia es utilizada como arma, se convierte en doctrina de odio y manipulación.”
La noticia del asesinato dentro del Palacio del Congreso de la Nación se convirtió en el tema de disensión entre los pensadores y la élite. La desconexión entre la violencia política que emergía como consigna de control frente al Estado policial que pretendía censurarlo todo.
Muchos se referían a Enzo como un político sucio, un sinvergüenza que había fabricado pruebas para manchar el buen nombre de ministros que trabajaban arduamente por su país; mientras otros discrepaban con vehemencia.
Gritos que degeneraban en murmullos inaudibles. Acusaciones de nazismo, adoración del régimen fascista bajo Mussolini, y la proclamación de que todo aquel que estuviera en contra del Estado era enemigo de la República.
—¡Asesinato en el Senado! ¡Han profanado el derecho más sagrado que poseemos!
Mientras tanto, los titulares dibujaban la imagen de un traidor a la patria que conspiraba para robar las elecciones de la Concordancia.
La élite utilizaba el manual propagandístico de Hitler junto con tácticas marxistas. Acusa a tu oponente de aquello que tú mismo haces para generar confusión. Nunca admitas ninguna falta, niega, niega, niega… y gobierna.
Villa Ocampo parecía un Senado romano, como si estuvieran listos para acusar formalmente a Sócrates de corromper a la juventud, obligarlo a defender su causa mientras mordía una manzana, envuelto en su toga griega ondeante. Era una cámara de vacío donde los ecos de mentes intelectuales rebotaban contra los muros de piedra.
Días después, Victoria se encontró con Angelica Monserrat Córdova en el Jockey Club, notando lo escéptica que Angelica era ante las veladas de las damas opulentas y lo desafiante que resultaba frente a sus normas sociales y su manifiesto impuesto de decoro.
—Hola, espero que no me hayas olvidado —veo que llevas tus habituales labios rojos.
—Victoria, ¿correcto? ¿Cómo estás? —
—Estoy bien y franca, gracias por preguntar. Me alegra verte. Quería invitarte a un lugar donde podrás nadar como pez en el agua. —
—¿Y dónde es ese lugar?
—Villa Ocampo, en Beccar. Que tu chofer te lleve.
Mientras Victoria se alejaba, Angelica continuó leyendo el periódico frente a ella.
“Nuestra democracia está en juego, ya que el delincuente que asesinó a Enzo Bordabehere no será condenado. Ha sido liberado de custodia.”
Angelica pensó para sí qué interesante resultaba gozar de inmunidad tras cometer atrocidades y no recibir castigo por los pecados.
Entrada de Diario #8 — Julio de 1935
Han pasado unos días desde el asesinato a sangre fría de Enzo Bordabehere, un hombre recto que intentó cambiar el statu quo junto a su amigo Lisandro de la Torre. Sin embargo, su asesino ha sido liberado de custodia, no enfrentará cargos y ha sido recompensado con un alto cargo dentro de la fuerza policial.
Oh, la ironía. Esto me resulta inquietantemente familiar, aunque en Sinaloa la corrupción no era tan descarada. Supongo que debería entrenarme para descubrir dónde otorgan licencias para cometer crímenes.
P.D. Victoria parece una chica agradable. Voy a hacerme amiga de ella; es la única que no me reduce a una caricatura de lo que una mujer debe ser.
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Un alma. Una sombra. Un susurro.
Mylène recuerda a quienes pronuncian su nombre.
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