Il Patto della Rissurezione: Il Bacio del Fouco Eterno
(El Pacto de la Resurrección: El Beso del Fuego Eterno)
El sonido del silencio golpeó como doncella atrapada en un ataúd de cristal. El aria se desvaneció lentamente en el olvido.
Frankie no podía moverse—sus ojos eran un enigma esperando ser resuelto, profundos como pozos de obsidiana que lo invitaban a hundirse y perderse en ellos. Un barco sin tormenta, una calma que ofrecía esperanza sin peligro. Un lugar que se sentía como hogar.
Su mirada lo mantenía atrapado, como si fuesen cadenas de seda que lo esclavizaban a través de la memoria y la percepción sensorial. Mylene parpadeó, entrecerrando sus oscuros ojos marrones, fijándolos en los labios de Frankie. Intentó hablar pero falló. Sus labios estaban resecos y entreabiertos, como si hubiera dormido siglos. Lo que emergió de aquellos perfectos labios rojos no fue palabra—fue un velo de humo, delgado y fragante, recordando a cáscaras de naranja quemada y especias de otro tiempo.
Estaba despierta, pero no completamente.
Frankie la sostuvo con fuerza, con cuidado de su naturaleza frágil, como si pudiera desmoronarse en sus brazos. Y mientras lo hacía—con tanta delicadeza y ternura—ella lo observaba, preguntándose por qué ese hombre había cruzado tantos caminos peligrosos para llegar a ella. ¿Era él el Príncipe del Cuore Affumicato?
La respiración de Frankie se volvió irregular. Susurró suavemente:
“Mylene… sei tornata a me.”
(Tú has vuelto a mí.)
Ella inclinó la cabeza, sus ojos brillando entre hambre y tristeza. Su voz finalmente emergió—seductora, ronca, tallada del mismo mármol que usó Miguel Ángel para esculpir a su David.
“Mi hai riportata indietro… ma hai dimenticato la tua promessa.”
(Me has traído de vuelta… pero olvidaste tu promesa.)
Frankie se congeló un segundo y logró responder: “¿Qué promesa?”
Su mirada descendió sobre su pecho y cuello como una vela encendida, su llama aún negra, brillando como lava líquida. La habitación empezó a latir como un corazón. Las paredes se encogieron y giraron. El ataúd detrás de ella ya no parecía un lugar de descanso—era una puerta a otro reino.
“Toda resurrección lleva un precio, como todo hechizo exige un pago,” dijo. “La mía no es la excepción.”
La boca de Frankie se secó, como si la hubieran llenado de cardo. Aún aferraba el diario en su mano, respirando agitado. Sus páginas parecían sangrar tinta carmesí.
Respondió:
“Sono tuo per sempre. Prendimi così come sono.”
(Soy tuyo para siempre. Tómame tal como soy.)
Alma, carne, sangre, devoción, vida… todo es tuyo.
Mylene rió suavemente. “No, amore mio… debe ser algo inocente.”
Frankie parpadeó. Luego tomó su mano, colocándola sobre su corazón.
“Debe haber otra forma.”
Sus ojos se suavizaron—pero la vela creció más alta.
“Quieres poder… quieres mi verdad… quieres el velo descorrido… entonces dame algo puro. Ese es el pacto.”
Ella dio un paso—no caminando, sino deslizándose—en una nube de niebla mística, su cuerpo aún envuelto en sombra y oro. Frankie sintió sus dedos rozar su mejilla. Eran hielo. Eran fuego.
“¿Crees que volví por amor?” preguntó, voz de terciopelo y cuchillas.
“No, mi príncipe del cuore affumicato. Volví por fuego.”
Las paredes parpadearon, como un film gótico en blanco y negro, desvaneciéndose y reapareciendo. Ilusiones brillantes de antiguos amantes y recuerdos surgieron. Nombres ardían en la oscuridad, como si emergieran de un pergamino dorado. Aquellos que intentaron embotellar su mito, domesticar su deseo, o vender su leyenda como perfume—cada nombre se grababa en ese pergamino.
Uno a uno, se quemaban—falsos devotos, ídolos de desesperación y pena.
Amaba con fuerza y entereza. Pero era lo bastante audaz para cortar los lazos.
Frankie la miró, con dolor en los ojos, al empezar a comprender cuán rota estaba. Su instinto no era ser sólo otro amante, otro nombre en su lista de desconsuelo.
Quería ser su protector.
Y en lo profundo de su alma, lo supo—
Él era su primera ofrenda.
Ella era una mujer por la que uno mataría.
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Un alma. Una sombra. Un susurro.
Mylene recuerda a quienes pronuncian su nombre.
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